El encanto de la burguesía

Su discreto encanto. El magnetismo de las siempre perfectas burguesas y su elegante sencillez.

El “todo calculado”. Todo controlado hasta el más mínimo detalle.
Cada día para ellas es un desafio. Un reto mantener las apariencias en un constante ejercicio de contención. De medida, de búsqueda obsesiva de un “justo medio” que no existe.

La cabeza esquemática. Su pensamiento simétrico no encuentra mejor vestuario para llevar a cabo su elaborado plan, que aquel donde la tranquilizadora linealidad de los cortes sea lo predominante.

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La sencillez de Jil Sander e Yves Saint Laurent

Sensualidad retenida por vestidos rectos que ocultan formas, que no se ciñen al cuerpo para mantener el misterio de la piel que nunca muestran. Sexualidad oculta tras colores neutros y proporciones austeras.
Sin embargo, tienen esa feminidad no buscada y que no necesita nada que la subraye para hacerla evidente y atractiva.

Aspecto distante de belleza magnética. Mirada líquida y labios desnudos. Melenas perfectas, peinado impecable donde no se rebela ni un solo mechón porque todo en sus vidas ocupa el lugar adecuado.

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La sobriedad y austeridad del negro

Atrapadas por los convencionalismos de la sociedad, atrapan ellas también su cuerpo entre costuras perfectas, cortes precisos y diseños rotundos.
Modelos que son matemática pura y que, como ellas, buscan la perfección. Aunque para su desesperación la moda siempre está más cerca de alcanzarla.

Jil Sander, Fendi, Prada o el maestro Yves Saint Laurent se encargan de coser su aparente estabilidad.

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Vestidos de líneas puras. Catherine Deneuve luce uno de los famosos “camiseros” de YSL

La ropa empleada como un escudo que creen inquebrantable. Olvidan que el suyo se puede rasgar, que algún hilo se escapa y crea un descosido…

Vestidos, abrigos, conjuntos… no importa de que se trate. Para ellas siempre serán disfraces. Disfraces de aparente serenidad y falsa satisfacción.

El jersey de cashmere, la blusa de seda… solo sirven para ocultar el aburrimiento generado por la perfección que las rodea, para esconder sus deseos de escapar.
A sus zapatitos de “niña bien” (sin demasiado tacón, sin casi adorno), les gustaria recorrer otros caminos, a pesar del riesgo de acabar manchados.

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Su mayor atrevimiento: el rojo. Arriba, el famoso vestido rojo de Jil Sander en “Io sono l’amore”.

Elegante y sofisticado tedio. Un palazzo milanés, un apartamento en Avenue de l’Opéra. Jaulas de oro.

En su bolso de Hermès transportan el deseo secreto de empujar la ficha que haga caer al resto. Un deseo desestabilizador que se convierte casi en perversión, en locura.
Sueñan con perder algun día el equilibrio sobre sus Roger Vivier o Ferragamo.

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Birkin de Hermès en “Io sono l’amore” y zapatos de Roger Vivier en “Belle de Jour”

La recientemente nominada a los Globos de Oro, “Io sono l’amore” y el clásico de Buñuel, “Belle de Jour” tienen en común que hablan de las mismas mujeres. Burguesas, perfectas e infelices.

Y, aunque estas se ven envueltas en historias distintas, comparten idéntica motivación. Romper con lo establecido, renunciar a lo que se espera de ellas. Liberarse y encontrar su forma de felicidad lejos de convencionalismos. Dejar por fin de traicionarse.

Y en esa batalla personal cuentan con un aliado. Las acompaña el estilo. La moda siempre estará de su lado.

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